Un asunto felino

Sin cuidado ninguno, la gata corrió a toda velocidad desde el pasillo para entrar en la habitación, sortear la silla de oficina que se interponía en su camino, saltar sobre la cama –perfectamente hecha– y apostarse ante la ventana, poniéndose de pie con sus patas traseras sobre el radiador ubicado debajo. Era negra, pequeña, ágil y sus ojos verdes miraban fijamente al exterior, con vigilancia casi de búho.

Ahí estaba. Ahí estaba él. ¡Lo había encontrado!

[Leer más]

En la ciudad

Cruzó las piernas por debajo de la mesa y miró a su alrededor. Se había sentado en una de las mesas de la terraza –recién estrenada– de una cafetería de renombre que a ella le gustaba mucho en pleno centro de la ciudad, en la mismísima Plaza Mayor. Ya calentaba el sol primaveral, después de tantos meses de frío oscuro, pero ella insistía también a estas alturas del año en su riguroso negro eterno e inconmensurable. Eso sí, como gesto hacia la nueva estación, Selena había decidido conceder al mundo tan solo sus hombros, brazos y clavículas desnudas; no, sin embargo, sus piernas, las cuales iban enfundadas entre las telas de aquella falda que parecía el manto de la noche sobre la ciudad a sus más altas horas.

[Leer más]

Gotas sobre la piel

A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente. Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:

[Leer más]

Cierre

Detrás de la cristalera de aquella panadería, la vendedora limpiaba con el trapo el expositor de vidrio en el cual, hasta hacía una hora más o menos, se podrían haber encontrado los últimos bollos del día… pero la clientela había arrasado con todo, así que la limpieza se hacía más fácil esta tarde. Eso sí, ella se había reservado un par de los bollos, dejándolos encima de una bolsa de papel a un lado… Nada extraño; era costumbre en aquella panadería hacerlo.

[Leer más]

Fregadero

La espuma del detergente de platos cubría de blanco sus manos de piel morena. Con la esponja amarilla y verde –que, desecha, ya pedía tregua–, frotó los restos de grasa de la cacerola de metal en la que, anoche, ella había preparado un poco de pasta. Entonces, una pompa de jabón, pequeñita, decidió emprender viaje hacia el cielo, pasando por delante de la punta de su nariz. Ella siguió su viaje con la mirada hasta que explotó tras unos segundos de vuelo. Sonrió y guardó la cacerola ya aclarada en el secaplatos empotrado en el armario, justo encima del fregadero.

[Leer más]