Ante su tumba
Aquella tarde de otoño llovía suavemente sobre el pavimento del cementerio. Las copas de los árboles a uno de los costados del camino se mecían como sombras ante el telón gris e informe que hacía las veces de cielo. No hacía frío aún, solo fresco. Los mauseleos, lápidas y tumbas dibujaban los límites entre el camino cierto que lo cruzaba por el medio y el incierto que aquellas representaban. Un ligero olor a humedad y a hojas que ya comenzaban a descomponerse llenaba la atmósfera de esa escena vacía, ni lúgubre ni alegre, desprovista de cualquier clase de vida, excepto por el paso acelerado de la muchacha que atravesaba el camino central, sola.
La muchacha era alta y el paraguas negro que empuñaba en su mano derecha hacía que su figura se viese aún más estirada. El abrigo era también oscuro, de luto, pero, al llevarlo desabrochado, podía verse, debajo, un vestido rojo ceñido que le llegaba hasta las rodillas. Con cada paso, sus tacones –altos– punzaban la tierra con un golpecito preciso. A veces saltaban minúsculas gotas de agua, que no la manchaban, tal era la destreza con la que la mujer sorteaba los charcos e, incluso, raíces que levantaban el pavimento. Colgado de su hombro izquierdo llevaba aferrado un bolso negro, pequeño.
El vaho salía de su nariz afilada como el de una pantera que se dirige con cierto enfado a la ubicación de su presa. La tez blanca no ayudaba a esconder las ojeras y las patas de gallo de sus ojos. Sí, caminaba ligera y con autoridad, pero caminaba cansada, como quien no ha podido dormir la noche anterior pero aún mantiene el fuego encendido en su alma a pesar de ello.
Y caminó hasta una tumba que no tenía nada de especial, con una lápida que tampoco tenía nada de especial. Estaba coronada por una cruz como cualquier otra y yacía justo debajo de un álamo joven que no tendría más de veinte años. Era una sepultura gris, rodeada de otras tumbas tanto a los flancos como detrás de ella que eran exactamente igual de grises.
Se mantuvo de pie delante de la piedra. El viento había ganado algo de intensidad y se sentía un poco más frío, pero no llegaba a ser molesto. Con gesto adusto, fijó su mirada en el nombre del difunto, el cual ya llevaba unos dos años habitando ese agujero. La tumba estaba limpia, sin rastros ni de suciedad ni tampoco de ramos, e imagino quién podría estar ocupándose de ella. Suspiró. Sus manos comenzaron a temblar y, por consiguiente, así comenzaba a temblar también su paraguas. La respiración, más agitada. La mirada, más punzante. Los labios pintados de carmín, se arquearon.
–Así que moriste hace dos años, papá… y nadie se atrevió a avisarme.
Ciertamente, se enteró por una búsqueda fortuita por internet.
Mirando hacia un lado y hacia el otro, se cercioró de estar sola antes de sentarse en el bordillo de la piedra de la cubierta de la tumba. No sabía si algo así estaba o no prohibido, pero sí que sentía vergüenza de ser descubierta. Sin embargo, la vergüenza no pudo contra su valentía. Sintió en sus carnes casi descubiertas por el vestido el frío helador de la piedra, pero no se amilanó. Decidió que se acostumbraría, aunque allí se quedara su trasero pegado.
Cruzó las piernas, dejando al descubierto las pantorrillas, y dijo:
–En vida, tenías a todo el mundo a tus pies. ¿Quién eres ahora?
La brisa arreció un poco y abrazó por los hombros a la chica, pero ella se sacudió la sensación con la mano que le quedaba libre del paraguas. Con lentitud y la misma calma hierática, levantó levemente la mirada y vio la sombra, la sombra de un hombre apenas tenuemente visible que parecía apoyarse con dificultad sobre el canto de la lápida.
Ella continuó:
–Nadie. No eres nadie.
La sombra no contestó. Se sentó, como cabizbaja, en la esquina opuesta de la tumba. Parecía mirarla a ella, pero sus facciones no eran fáciles de distinguir, mucho menos con la oscuridad del cielo.
–¿Ahora me pides perdón? –espetó la muchacha, con voz quebrada–. ¿Ahora? ¿Un poco tarde, no?
Hundieron ambos sus respectivas miradas al suelo. Ella recordó demasiadas cosas y sintió un nudo conocido formársele en el corazón. Quiso evitar a toda costa derramar más lágrimas por todos aquellos recuerdos y, levantando la cabeza al cielo, sin mirar a la sombra –que seguía con el rostro hundido–, comenzó a decir:
–Se acabaron los días en los que me has dominado, en vida y tras la muerte. Nunca me quisiste. Solo quisiste lo que yo podía significar para ti.
La sombra quiso responder, con un gesto desesperado, como alargando las manos hacia ella, pero ella ordenó que se detuviera. Un cuervo salió disparado de un árbol cercano, lanzando un graznido horrendo al vuelo. Aquella alma en pena quiso decirle que sí la quería, pero que ella tenía que entender que él…
–¡Basta, oh, cállate! –ordenó ella, poniéndose de pie–. Ya no tienes poder sobre mí.
La figura tenue pareció estremerse y hacerse pequeña. Tuvo miedo por primera vez. Vio a la mujer. Nunca había visto él a su hija así: bellísima, con aura de mando, vestida de rojo fulgurante porque el abrigo se había caído al suelo al levantarse ella de improviso. Vio su mirada y reconoció un brillo divino que lo atemorizó. ¿Cómo era esto posible?
–Tendrías que haberme llamado “hija” en vida –contestó la muchacha, recogiendo el abrigo del suelo, el cual, afortunadamente, no se había manchado–. La obediencia no es ley legítima. El Amor es la Ley.
Sin rabia, sin casi emoción en sus labios y recuperando su voz aterciopelada llena de autoridad, continuó:
–Deberías haber leído menos y haber amado de verdad. Ahora ya es tarde. Serás condenado a la segunda muerte, de la cual no hay regreso posible.
En la silueta de aquella figura vio ella lo que quizás era una especie de expresión muda de horror. Vio como una boca que quería gritar clemencia. Con gestos de sumisión, sin una palabra, la invocó como Diosa, echando por tierra el Credo que había recitado en vida, y parecía prometerle obediencia eterna.
Simplemente cerrando sus ojos y musitando siete palabras tan antiguas como el Éufrates, sin estridencia, sin grandes aspavientos, sin nada más que su presencia de pie firme y decidida, dio la orden. Y la sombra se disolvió en el aire con una última expresión de horror absoluto e infinito. No quedó rastro de aquella alma, como si nunca hubiese existido.
La muchacha suspiró, sonriendo, y se volvió a poner el abrigo. Se mantuvo en silencio con postura recta y digna, como una reina oscura. Se había cumplido el destino. Lo único que se movía en la silueta que ella dibujaba contra el cielo gris era el abrigo cuando este se le abría un poco abanicada por la brisa leve, fría y muy húmeda que soplaba intermitentemente.
Sin mirar atrás, se alejó, volviendo por el camino que había tomado para llegar hasta allí. Pensó en que ahora podía comenzar a aprender a ser feliz.