Crítica literaria
Hacía calor y, con calor, soy incapaz de encontrar las palabras. El oficio de escritora, mucho me temo, es un oficio de país nórdico o, en su defecto, de invierno, porque intente Ud., querida lectora o querido lector, escribir siquiera un pequeño relato a cuarenta y pico grados, bajo estricto confinamiento climático, con las persianas bajadas y la sensación de que Ud. se ha vuelto ontológicamente una masa de sudor con restos de pensamiento consciente. No, no me salían las palabras ni con el ventilador resoplándome desde mi derecha, ni con el vaso de refresco con tres hielos –ya casi dos–, ni habiéndome duchado ya por segunda vez en el día.
Mi intención era ambiciosa: escribir una especie de cuento largo que fuera una gran obra a pequeña escala. ¿Por qué? No sé, quizá para sentirme una gran autora. Sin embargo, las musas estaban seguramente en bikini disfrutando de las playas de las islas del Jonio y no querían ser molestadas por ruegos de una escritora de pequeña provincia española y pirenaica. Cada palabra era un suplicio, cada oración sonaba a la carne cuando está mal guisada que parece caucho y, honestamente, mis personajes eran de cartón piedra.
–Ya, es que además te haces la dramática.
La voz había venido de mi cama, a mis espaldas. Había sido la gata. Negra, de ojazos como luces, miraba con atención que siempre parecía como que te robaba el alma. Suspiré y me giré. La vi estirada en una posición en la que seguía la línea de elevación que producía mi almohada mostrando todas sus partes sin ninguna clase de vergüenza… Es que los gatos ignoran por completo las normas del decoro.
–¿Quién es aquí la titulada? –le dije.
–Eres lingüista, no escritora.
–De acuerdo, oh señora crítica –dije, con un tono burlón–, ¿qué es lo que Ud. considera que estoy haciendo mal?
–Estás muy melodramática intentando escribir “cosas serias” cuando te sienta mejor lo ligero.
Me sentí atacada… porque estaba siendo atacada ¡por mi gata! ¡Y no con sus zarpas! ¡Me ha llamado ligera! ¡No soy una escritora ligera! ¡Sé cosas! ¡He leído! ¡Soy capaz de hacer referencias! No, no, esto era todo culpa del calor, que no me ayudaba a estar cómoda para escribir. Me giré para ver la pantalla del ordenador y leí:
Marta, aferrada al hilo que nacía de los vapores del espectro de su padre, quiso decirle cuánto lo había odiado durante todos estos años en los que habían estado separados. Lo había odiado, lo había odiado hasta sentir cómo su sangre se había vuelto una espesa brea llena de rabia, hirviente, desasosegada… Sin embargo, ahí estaba él, vestido con su americana y su camisa, mirándola, juzgándola, pero con cariño, mientras aceitaba sus cadenas con lubricante Tammany Rising Sun…
No quise continuar.
–Esto es malísimo, sí… y no sé ni por qué.
–¿Quién es la titulada ahora, eh? –me replicó la gata, que ahora estaba sentada en la esquina de mi cama que estaba más cerca de mi escritorio.
Le devolví una mirada que combinaba enfado y, a la vez, reconocimiento de que ella tenía razón. Como intento de querer darme a mí misma un mínimo de cariño, cogí entre las manos mi pelo largo… Se sentía como esparto seco y graso a la vez. Mi piel, al tacto, se sentía pegajosa, sucia… Necesitaría otra ducha más. Si ya de por sí me sentía como un ser que se arrastraba sin fuerzas por el desierto, cegada por la luz blanquecina que se adivinaba por las rendijas de la persina bajada, los comentarios de la gata no me hacían sentir para nada mejor.
–Deberías darte un descanso –continuó ella–. ¿Cuántas semanas llevas con eso?
–Al menos dos –le contesté.
Lo que no le dije, aunque seguramente lo había percibido estos días, es que llevaba dos semanas no solo peleándome con un texto, sino con la sensación de que estaba escribiendo mal en general, sin rumbo y, a la vez, muy atada a los sucesos imposibles que teñían de lucha permanente aquellos días.
–¿Lo dejo? –le pregunté.
La gata se subió al teclado y a su paso comenzaron a sucederse letras en la pantalla… sin ninguna clase de sentido. ¿Era su manera de decirme que todo era un sinsentido? No, simplemente se había acomodado para asentar su barriga y trasero encima del ordenador, que se quedó marcando una sucesión infinita de íes hasta que el editor de textos se cerró a sí mismo con un error.
–Ráscame –me exigió.
–No me has contestado –le dije, rascándole la cabecita, detrás de la oreja.
–No.
Malditos gatos, siempre enigmáticos desde los tiempos del maestro Hermes, el Tres Veces Grande.
Cogí entre mis brazos a la gata, que no se quejó porque creo que ya se había declarado a sí misma victoriosa, y me la llevé a la cama conmigo. Se acurrucó junto a mi pecho y volvió a exigir que la rascara. Mientras lo hacía, su carita mostraba su goce muy felinamente: estiraba el cuello, con los ojos cerrados y ronroneando. Cuando ella volvió a abrir los ojos para mirarme –señal de que había sido suficiente–, le pregunté:
–¿En serio crees que ahora mismo sería mejor que escriba algo ligero?
Con los ojos fijos en los míos, inclinando la cabeza un poquito hacia un lado, como cuando algo atrae la curiosidad de cualquier gato, ella se limitó a contestar:
–¿Miau?