En la ciudad
Cruzó las piernas por debajo de la mesa y miró a su alrededor. Se había sentado en una de las mesas de la terraza –recién estrenada– de una cafetería de renombre que a ella le gustaba mucho en pleno centro de la ciudad, en la mismísima Plaza Mayor. Ya calentaba el sol primaveral, después de tantos meses de frío oscuro, pero ella insistía también a estas alturas del año en su riguroso negro eterno e inconmensurable. Eso sí, como gesto hacia la nueva estación, Selena había decidido conceder al mundo tan solo sus hombros, brazos y clavículas desnudas; no, sin embargo, sus piernas, las cuales iban enfundadas entre las telas de aquella falda que parecía el manto de la noche sobre la ciudad a sus más altas horas.
Sin embargo, no era de noche, aunque ella pareciese serlo desde su sitio en aquella terraza. Era casi el mediodía y las gentes se movían acorde a la naturaleza de aquellas horas. Selena observaba, con cautela, cómo paseaban los grupos y almas solitarias por aquella imponente plaza, en cuyo centro reinaba un humilde quiosco circular. La plaza en sí misma estaba flanqueada casi por completo por edificios finiseculares de cuatro o cinco plantas, excepto por el lado sur, desde el cual nacía una avenida comercial amplia muy concurrida por los habitantes de aquella capital de provincias. Justamente era en el flanco oriental donde se ubicaba la terraza de aquella cafetería, al costado del nacimiento de una callejuela que se dirigía hacia el interior del casco histórico. Una galería de soportales de piedra recorrían el largo de aquel lado de plaza y era justo debajo de estos que se escondía la discreta entrada de aquella cafetería: una puerta de vidrio que daba algo de visión a su interior.
La mano de Selena, desprovista de manicura, acariciaba las hojas de una libreta que permanecía abierta sobre la mesa. La brisa no acababa de cerrar o pasar ninguna de sus hojas, pero sí las movía suavemente. Un anillo grueso, de piedra roja, lucía orgulloso ante el sol, reflejando sus rayos en un aura carmesí casi indetectable si no se ponía atención. ¿Esperaba a alguien? ¿Esperaba que sucediera algo? No lo sabía ni ella. Ella observaba. Observaba sin parecer que observara: con la mirada un poco baja y actitud de desapego total del resto del mundo. Pero sí, observaba.
Se fijó en la parejita joven, un padre y una madre, que empujaban un cochecito de bebé de esos que cuestan lo mismo casi que un coche de adulto. Cogida de la mano de ella, una niña rubia caminaba a trompicones al ritmo de sus padres, con rostro cansado de que ya el paseo se le estaba haciendo demasiado pesado. Lanzó un berrinche, pero recibió como respuesta un chantaje emocional basado en la futura compra de un helado. El bebé estaba fuera del ángulo de visión de la muchacha, pero lo imaginó durmiendo completamente ignorante del discurrir de aquella pequeña escena; más importante era dormir para coger las fuerzas necesarias para toda una vida que tenía en el horizonte. Cruzaron delante de ella sin reparar en ella –y ella sí en ellos–. La madre estaba cansada y su cabellera que acostumbraba a teñir de rubio oscuro delataba raíces castañas de tantas semanas sin ir a la peluquería. El padre empujaba el cochecito con mirada preocupada.
A Selena le habría encantado indagar más, pero desaparecieron de su vista al virar en aquella callejuela.
Se fijó en la terraza del bar que tenía delante. Estaba llena, a diferencia de la de la cafetería. Si en esta estaban solo ella y una pareja de jubilados que tomaban café con un bollo, en aquella, en cambio, no había una sola mesa libre. Cervezas, copas de gin & tonic, vinos mayoritariamente blancos y rosados y tapas tradicionales y experimentales eran el material transportado por camareros sobrepasados que combinaban hospitalidad, logística y física aplicada en cada carrera. Los clientes eran, en gran medida, gente ya no tan joven que aún creían que sí, a mediados de los treinta y rozando los cuarenta, si no los superaba ya alguno de ellos. Reían, se tocaban sutilmente, se acercaban para besarse, se reclinaban peligrosamente en el taburete con una copa en la mano, despotricaban, expresaban sus opiniones de toda clase y color, pero pocos mostraban una mirada o actitud circunspectas… Nuestra muchacha se aburrió enseguida de observar aquel rincón del mundo; era como cualquier otra terraza de bar en cualquier otra ciudad del país. ¿Qué iba a haber de diferente en ella?
Hundió su mirada en el resto de su café con leche. Pensó en cómo, hacía un rato, ese café había sido lienzo de un bellísimo cisne dibujado con la leche cremada. Cuando se lo entregó la barista, ella no pudo evitar alabarle la pequeña obra de arte. Ahora, lamentablemente, tal obra había desaparecido con cada sorbo y el café era solo un líquido marrón claro en una taza blanca de cerámica. Estaba rico; eso sí. Cerró los ojos y suspiró, manteniendo entre sus manos la taza ya tibia como si fuese una taza de té caliente en una noche de gélida de invierno.
El sol le besaba los hombros desnudos, cayendo, por detrás, por su espalda y, por delante, estancándose primero y luego desbordando sus clavículas hasta precipitarse en los secretos de su escote. Era como una mano cálida que da una caricia con suavidad. Tomó aire y sonrió. Soltó el aire lentamente. Su piel se erizó. Imaginó unas rocas, en la costa, en la costa de un océano embravecido. Su mente vagó rápidamente hacia unas catacumbas profundas, apenas iluminadas por las dos antorchas de una figura encapuchada que la guiaba. Bajaron unas escaleras. Tac, tac… tac, tac… tac, tac repicaban sus tacones altos, de aguja, en el suelo de cerámica. Ajedrezado. Roto. Columnas rotas abandonadas en un sitio eriazo, como podadas por un rayo. Nubes negras. ¿Otra vez? La figura era ahora una niña. Era ella, pero de niña… y con los ojos inyectados de rojo… El sol le besaba el cuello, pero la noche se había posado en esa isla flotante de su visión. Solo un árbol, sin hojas, junto a las columnas… Al final, una especie de altar o de trono de piedra que estaba deshecho. La niña indicó a Selena que se sentara sobre este, mientras un cuervo sobrevolaba la escena y gritaba:
–¡No te olvides! ¡No te olvides! ¡No te olvides!
Con lentitud, sin ningún miedo, la muchacha abrió sus ojos. Ahí seguía ella, en la ciudad. Ahí seguían los del bar. Los jubilados, en cambio, se habían levantado de la terraza de la cafetería y, ahora, una parejita joven se había sentado en su lugar. El café seguía entre sus manos. La libreta seguía ahí, abierta, mecida por la brisa. Bebió otro sorbo y, entonces, sintió cómo una mano, como el sol de cálida, le acarició fugazmente la espalda.
–Gracias por esperarme –dijo la voz de la dueña de aquella mano.
Babalón vestía una americana roja, bastante llamativa, sobre una blusa blanca escotada en pico y una falda negra que llevaba ajustada por un cinturón dorado. Le dio un beso cariñoso en los labios a Selena y se sentó a la mesa con ella, no sin antes hacer un gesto sutil y efectivo para llamar la atención de la camarera, que espiaba a sus dos clientas favoritas. La chica se acercó con su paso saltarín que mecía su media melena, preguntó a Babalón qué quería, esta le respondió que un café con leche, por favor, y, con el mismo paso saltarín, volvió a la madriguera que era ese local ahí casi oculto para preparárselo.
–Te veía pensativa –dijo Babalón, cogiendo la mano de Selena y mirándola fijamente con sus ojos verdes–. ¿En qué pensabas?
Selena contestó con un resumen de las imágenes que había visto unos instantes atrás. Sus labios gruesos mostraron una sonrisa amable mientras la escuchaba. Con el pulgar, acariciaba suavemente el dorso de la mano de Selena.
–Una visión interesante –contestó Babalón, al finalizar Selena su relato.
En eso la camarera había vuelto con el café con leche para Babalón. El dibujo en este era un caballito de mar trazado con un detalle que sorprendió a ambas. Cada día se supera más, ¿no?
–¿Y cómo te fue esta mañana? –preguntó Selena.
–Ah, nada fuera de lo habitual.
Babalón comenzó a contarle a Selena lo que había sido su mañana. Selena la miraba con el amor que le dirigía cada día cuando se despertaban en su cama y se tomaban sus cafés despeinadas, ojerosas y enfundadas en sus pijamas. No podía desviar su mirada del rostro de la Diosa Escarlata mientras esta explicaba lo que había sido su mañana divina, de intervenciones, apariciones, sustos a personajes siniestros y bendiciones a quienes las merecían… y que había mirado entradas para ver juntas una puesta en escena de Amor es más laberinto de Sor Juana Inés de la Cruz. Luego fue el turno de Selena. Su relato fue muchísimo más mundano: que sí a ver la obra, que si el cliente aquel que le hacía la vida imposible continuaba, efectivamente, haciéndosela imposible, que hechizó un ordenador de Hacienda en la oficina para que no se colgara en medio del papeleo y, luego, un pequeño conjuro de protección para la amable funcionaria que la había ayudado en todo. A la vez que Selena le contaba todo esto, Babalón se perdía en sus ojos castaños y sus cejas expresivas.
Cuando se habían puesto ya al día, Babalón echó un vistazo a la plaza, tomando entre sus manos la taza del café del mismo modo que Selena había hecho un rato antes. El sol pegaba más fuerte ya, pero a la población mortal y local de aquella capital de provincias parecía no importarle en absoluto, quizás por estar sedientos de sol después de un invierno que solo trajo nubes, lluvia, más nubes y depresión. Las familias buscaban alegremente un bar donde comer. Jóvenes buscaban dónde tomarse otra ronda aquel viernes medio extraño entre festivos. Alguna parejita se tomaba de la mano y aquel beso entre aquellas chicas parecía un primer beso tímido entre dos almas que estaban iniciando camino. Al verlo, Selena se acercó para darle un besito en la mejilla a Babalón, que contestó con otro en los labios finos pintados de carmín de Selena. Se rieron.
–Es una buena ciudad –dijo Babalón.
–Lo es –contestó Selena.
Al cabo de una media hora, más o menos, se levantaron, pagaron los cafés llevando los restos dentro –a pesar de las quejas remolonas de la camarera y de la dueña–, felicitaron a la chica por su destreza con la leche cremada y, sin decirle nada de nada, con un chasquido de los dedos de Babalón y un murmuro en sumerio de Selena, cayó sobre ella una buena dosis de buena magia para su vida.
Así salieron las dos Diosas al calor de aquel mediodía, buscando ahora qué hacer, porque, la verdad, no tenían ganas de volver a su casa.