Manaña de domingo
María abrió los ojos con sueño porque un rayo de sol le dio en la cara desde la ventana. ¿Qué hora sería? Seguramente más temprano de lo que era una hora razonable como para despertarse un domingo. Desperezándose un poco quiso darse la vuelta hacia la izquierda pero se topó con un brazo. No, no solo era un brazo… Había también una maraña de pelos rizados y un torso desnudo durmiendo de espaldas. En realidad, era una chica entera, mucho más que las sumas de las partes que asomaban por entre las sábanas, y que roncaba ligeramente sin percatarse de nada de lo que sucedía a su alrededor.
Aquella espalda le volvió a parecer una de las maravillas del mundo. Sintió ganas inmensas de volver a tocar esa piel suave de musculatura firme, pero se contuvo; no quiso interrumpirle el sueño. Entonces, María sentó con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.
No, no era una desconocida. Más bien, era todo lo contrario. Era Lucía. ¿Por qué se le hacía extraño verla ahí, en la cama con ella? Respiró hondo.
Frente a ella, colgados de mala manera y como derramándose sobre el respaldo la silla blanca del tocador, yacían inertes el vestido de motivos florales verdes y blancos de ella y el suyo propio más sobrio, de color burdeos. Fugazmente le vino a su mente el dibujo que trazaba la caída del pecho de ella contenido en el escote la noche anterior… Cómo se movía al ritmo de la respiración y meciendo el lunar que reposaba en la parte superior… y… y… ay, cómo le gustaba ella, toda ella: desde esos detalles de su cuerpo hasta la rapidez mental para llevar la conversación a un lugar mucho más agradable e inteligente en cualquier momento… como también lo cariñosa que podía ser… María suspiró y la miró. Ahí, dormida como un tronco, con un brazo para cualquier lado, Lucía seguía siendo la mujer más hermosa que jamás había conocido.
De pronto, escuchó que de las profundidades del alma de Lucía surgía un ruido como de palabras sin sentido, a las que siguieron un giro de su cabeza. María pudo ver como los rayos del sol dieron de lleno en los párpados de la otra mujer y cómo la molestia comenzaba a despertarla, de un modo confuso que incluyó un amago de estiramiento de brazos sin completar.
–Buen día, princesa, ¿qué hora es? –preguntó Lucía, sin incorporarse–. ¿Qué haces despierta? ¿No tienes sueño?
Los ojos verdes de Lucía brillaban con un color de miel por el impacto del sol… Su boca gruesa… ¡Qué hermosa! Besarlos, qué placer inmenso… Sintió ganas, como de un hambre repentino, pero se contuvo.
–Vaya noche, ¿no? –continuó diciendo.
María asintió. De repente se sintió asustada al recordar la noche. Habían pasado cosas… Ella, que se había sentido segura y llena de energía, había echado a rodar una piedra que había deseado y, ahora… ahora pensaba en el gesto severo de su madre y como que algo pegajoso, oscuro, trepara por entre sus muslos. Sí, vaya noche. De salir a cenar algo porque se le ocurrió a última hora a acabar en un garito bailando completamente libres, como nunca… María se volvió a ver dando aquel beso seductor y casi envenenado y volvió a ver cómo sus manos que se asieron a cada una de las partes del cuerpo de Lucía y cómo esta respondió devolviendo todo y más… Al final, todo esto acabó una huida sigilosa entre risas para volver a casa… para que, luego… bueno, acabaran acaloradamente enredadas del modo más profundo posible. Y ahora, esta mañana, ahí las dos.
–¿Todo bien? –dijo Lucía, extendiendo la mano a lo que dejaba desnudo de su muslo el pantaloncillo de pijama de María.
María no le contestó. Su mente estaba recordando que, después de todo aquello, ella necesitó escabullirse rápidamente al baño, mientras Lucía le preguntaba si quería ducharse juntas, pero no lo hicieron. Recordó ponerse el pijama corto azulado y que, a pesar de ofrecerle uno suyo, Lucía se quedó desnuda, hablaron un rato jugueteando con sus manos y, sin darse cuenta muy bien cómo, acabaron durmiéndose.
Sintió la mano de Lucía acariciarle la piel de sus muslos. Su mente la precipitó a aquel momento, ya en la cama por la noche, en el que su gemido se volvió un grito y luego le quiso morder la oreja mientras unos dedos traviesos de Lucía… Le gustó el recuerdo… ¿Y si esta mañana también…? Y de pronto se dijo a sí misma que no, que qué locura, que qué mal… Otra vez la sensación de un pegote, que subía ahora hasta su cuello como ahogándola, mientras escuchaba susurros de su madre y, también, la mano de un hombre que se extendía por su pierna… Náuseas… Náuseas que tenían muchas décadas…
Lucía se incorporó de inmediato, despierta como si hubiese recibido una inyección de adrenalina. Se acercó a María. Lucía conocía esa mirada; esa sombra también había poblado su rostro en algún momento de su vida. Ay no. Con brazos ágiles abrazó a María y llevó su cabeza de pelo castaño ondulado sin definición a sus pechos, a esos pechos que la noche anterior habían danzado pícaros dentro del vestido que eligiendo muy a sabiendas para la ocasión.
¿Se resistiría María? Entonces, con el corazón lleno de calidez, le dijo lo mismo que, hace muchos años atrás, le dijo una amante a ella:
–Siéntete orgullosa.
Ahí refugiada en el pecho de Lucía, María se quedó atrapada en los latidos del corazón de ella. Quiso entender lo que le había acabado decir Lucía, pero no era capaz. ¿Orgullosa de qué? Pum, pum… pum, pum… pum, pum… Eran regulares, cálidos… Una mano acariciaba su pelo, rascándole el cuero cabelludo un poco, en silencio, pero presente. Podía oler los restos del perfume ajazminado que había llevado Lucía la noche anterior, pero la fragancia estaba entremezclada con un punto ácido como de sudor y de recuerdos de la noche. Se sentía bien, ahí, refugiada, pero no quiso abusar. Se separó y, cogiéndole la mano, quiso decir algo, pero no pudo.
Lucía la miró con cariño y tampoco dijo nada. Consideró mejor no hacerlo y, en cambio, acarició la mano de María. Envidió secretamente la suavidad de su piel y la finura de esos dedos. Acercó el dorso de su mano a sus labios y, sin besarla, la acercó a sus labios y nariz. Pudo oler también en ella la noche pasada. Pensó en cómo le encantaba su pelo castaño, cómo parecía saber bailar prácticamente todos los ritmos del planeta, su aventura como empresaria y esas piernas… ay, las piernas de María… Cómo caminaba con decisión, siempre con aire de mando casi militar, como de esas heroínas nobles de novela de antaño, y, a la vez, ligereza… Y qué inteligente que era… Y… y… y… y ahora la veía rota, a punto de llorar y con un temblor en sus labios, pero seguía siendo ella. Fijó su mirada en María y se emocionó. Tomando el rostro de ella entre sus manos, le regaló un beso largo.
María cerró los ojos durante el beso. Lo sintió húmedo, cálido y divino. A su nariz llegaron más fragancias de la piel desnuda de Lucía y quiso desnudarse ella también. Apenas se separaron sus labios, María sintió un calor migrar desde sus labios, que aún temblaban, hasta su corazón y más allá, hasta los lugares más recónditos hasta los cuales llegaban sus venas. Respiró hondo, pero no como un suspiro, sino como lo hace una leona antes de saltar.
Lucía vio en esos ojos castaños una chispa y, antes de que pudiera reaccionar, María la tenía atrapada debajo de su cuerpo, inmovilizándola. Entre las hebras de cabello que caían de la cabeza de María hasta su rostro, vio en ella una sonrisa llena de lo mismo que ella le vio la noche pasada: el licor dulce y amargo de la Diosa. Lucía se sonrió y dijo algo para acabar de incitar a la muchacha desatada. Se preparó.
María cedió ante su hambre.
Total, era una mañana de domingo, ¿había alguna otra que hacer?