Noche en vela

Miércoles, dos y media pasadas… de la madrugada. Aquella “ciudad dormitorio” reposaba para la jornada laboral siguiente y los edificios ya dormían con todas las luces apagadas… excepto una ventana que daba a uno de los tantos patios de interior que se formaban dentro de los bloques de aquella localidad. Aquella luz tenue que nacía de su habitación podía ser, tranquilamente, la única señal de vida de toda la pequeña ciudad.

Ahí, sentada en su cama con la espalda contra la pared del cabecero, una muchacha, vestida con un pijama de flores de tirantes y que le llegaba hasta las rodillas, leía ávidamente la pantalla de su ordenador portátil, que balanceaba sobre sus rodillas. De tanto en tanto cambiaba de posición; por ejemplo, apoyaba el portátil sobre las sábanas deshechas y ella se acostaba sobre su vientre con la máquina delante de ella.

Con ritmo calmado, pero sin pausa, pasaba las páginas de un manga que le gustaba mucho y que había conseguido en versión digital. Sus ojos miraban y leían, pero su alma imaginaban las voces, los sonidos, los colores y hasta los olores… Era una historia de héroes y heroínas que se hacían fuertes por la amistad que se tenían ante situaciones imposibles.

Su rostro era el de la niña que perdemos si no nos damos cuenta y dejamos que la vida nos pase por encima. Se reía, se emocionaba y se sentía parte de todo aquel mundo… Ahí, a pesar del mundo que despertaría por la mañana con sus incomprensibles exigencias, la chica, al menos, tenía un refugio en el que descansar en vela por las noches.