Sin cuidado ninguno, la gata corrió a toda velocidad desde el pasillo para entrar en la habitación, sortear la silla de oficina que se interponía en su camino, saltar sobre la cama –perfectamente hecha– y apostarse ante la ventana, poniéndose de pie con sus patas traseras sobre el radiador ubicado debajo. Era negra, pequeña, ágil y sus ojos verdes miraban fijamente al exterior, con vigilancia casi de búho.

Ahí estaba. Ahí estaba él. ¡Lo había encontrado!

¿A quién? Pues al gato vecino o quizás debería decir gato de los vecinos: blanco con alguna mancha negra, de pelaje tupido que se agrupaba en hebras gordas, y de ojos bendecidos por la heterocromía: ámbar el derecho, celeste el izquierdo. Ahí estaba, sentado en el patio interior de aquella finca, justo enfrente de la pared opuesta, también blanca. Tranquilísimo, con su boquita cerrada y los largos bigotes al viento, entrecerraba los ojos un poco ante la poca brisa que corría ese mediodía soleado.

Ah no, pero para ella, la tranquilidad era anatema. ¡Imposible! Nerviosa, comenzó a rascar el vidrio de la ventana, que era de aquellas batientes que se pueden abrir ligeramente por arriba sin abrirse del todo; la muchacha que usaba tal habitación la había dejado así para ventilar mientras salía a hacer recados por la ciudad. Como la gata ya había aprendido que no tenía modo de salir por el ángulo que dejaba la ventana abierta de tal modo, el único recurso que le quedaba era rascar el vidrio para hacer ruido y así llamar la atención de ese señor que parecía ahora estar mirándola a ella con cara de hartazgo, casi de “¿Otra vez?”.

Sin embargo, el macho se acercó. Su paso era pesado, aunque no torpe. Simplemente, caminaba tranquilo, como quien sabe que la vida no es para las prisas. Ella, en cambio, intensificó sus golpes contra el vidrio. Saltó él con una maniobra no muy agraciada para sentarse sobre el vierteaguas de la ventana y, mirando a la gata negra desde fuera, le preguntó:

–¿Qué te pasa hoy?

–¿¡Por qué nunca me haces caso!?

–Ahora te estoy haciendo caso.

–¡Pero nunca lo haces!

El gato decidió –como casi todos los días que pasaba esto– que no iba a perder el tiempo intentando entender a su vecina. Se preguntó por qué le daba tantas oportunidades y no supo qué responder. Como el nuevo sitio que había encontrado, ahí sobre el vierteaguas le permitía disfrutar del sol de un modo un poco menos directo, decidió quedarse un rato ahí. Se giró para quedar de espaldas a la ventana y, por tanto, a la insoportable de su vecina. Por su parte, ella se sentó sobre el radiador un momento, ya cansada de mantener aquella posición de pie únicamente sobre sus dos patas traseras. Dio una vuelta, rascó otra vez el vidrio desde aquella nueva posición y él le dirigió una mirada un tanto despectiva, ya harto.

Ella, por su parte, estaba harta también, pero de que él no quisiera nada con ella. A ver, sí, la última vez que jugaron en el patio ella quiso perseguirlo a toda velocidad, él se asustó tanto que se escondió dentro de su casa –la de la esquina opuesta– y, desde entonces, este no quiso saber nada más de ella.

–¡Si solo quiero volver a jugar contigo! –le dijo ella.

–Pesada que eres… –contestó él.

Y el gato blanco se largó. Entre enfadada y sobresaltada, la gata negra saltó de la cama, atravesó la habitación corriendo y se dirigió hacia el salón. Según calculó ella, él se habría movido en dirección a su casa y el ventanal del salón le permitiría a ella seguir su rastro y, quizás, llamar su atención otra vez más. Sin embargo, cuando saltó sobre el radiador de debajo de aquel ventanal, no halló a su vecino en el patio. ¿Dónde se había metido? Se sintió engañada. ¿Se habría ido en dirección contraria, hacia la cocina? Pensó en ir para allá, pero su enfado se tradujo en cansancio y ya no quiso seguir con esta persecución… no al menos por ahora.

Entonces, cansada, se subió a su torre enorme de madera, con muchos pisos, que tenía ella para dormir. Dicha torre se ubicaba a la derecha del ventanal del salón, justo en la esquina. Así, resoplando un poco –se le escapó un pequeño chillido–, subió al penúltimo nivel y se acurrucó en los brazos de su oso gigante de peluche, donde solía dormir o, simplemente, pasar el día. Se hizo a sí misma una bola de pelo negro y, al cabo de unos minutos, se durmió.

Mientras tanto, encaramado en el ventanal de la cocina, el gato blanco se preguntaba dónde estaba ella.