Sin cuidado ninguno, la gata corrió a toda velocidad desde el pasillo para entrar en la habitación, sortear la silla de oficina que se interponía en su camino, saltar sobre la cama –perfectamente hecha– y apostarse ante la ventana, poniéndose de pie con sus patas traseras sobre el radiador ubicado debajo. Era negra, pequeña, ágil y sus ojos verdes miraban fijamente al exterior, con vigilancia casi de búho.
Ahí estaba. Ahí estaba él. ¡Lo había encontrado!