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Manaña de domingo
María abrió los ojos con sueño porque un rayo de sol le dio en la cara desde la ventana. ¿Qué hora sería? Seguramente más temprano de lo que era una hora razonable como para despertarse un domingo. Desperezándose un poco quiso darse la vuelta hacia la izquierda pero se topó con un brazo. No, no solo era un brazo… Había también una maraña de pelos rizados y un torso desnudo durmiendo de espaldas. En realidad, era una chica entera, mucho más que las sumas de las partes que asomaban por entre las sábanas, y que roncaba ligeramente sin percatarse de nada de lo que sucedía a su alrededor.
Un asunto felino
Sin cuidado ninguno, la gata corrió a toda velocidad desde el pasillo para entrar en la habitación, sortear la silla de oficina que se interponía en su camino, saltar sobre la cama –perfectamente hecha– y apostarse ante la ventana, poniéndose de pie con sus patas traseras sobre el radiador ubicado debajo. Era negra, pequeña, ágil y sus ojos verdes miraban fijamente al exterior, con vigilancia casi de búho.
Ahí estaba. Ahí estaba él. ¡Lo había encontrado!
En la ciudad
Cruzó las piernas por debajo de la mesa y miró a su alrededor. Se había sentado en una de las mesas de la terraza –recién estrenada– de una cafetería de renombre que a ella le gustaba mucho en pleno centro de la ciudad, en la mismísima Plaza Mayor. Ya calentaba el sol primaveral, después de tantos meses de frío oscuro, pero ella insistía también a estas alturas del año en su riguroso negro eterno e inconmensurable. Eso sí, como gesto hacia la nueva estación, Selena había decidido conceder al mundo tan solo sus hombros, brazos y clavículas desnudas; no, sin embargo, sus piernas, las cuales iban enfundadas entre las telas de aquella falda que parecía el manto de la noche sobre la ciudad a sus más altas horas.
Gotas sobre la piel
A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente. Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:
Cierre
Detrás de la cristalera de aquella panadería, la vendedora limpiaba con el trapo el expositor de vidrio en el cual, hasta hacía una hora más o menos, se podrían haber encontrado los últimos bollos del día… pero la clientela había arrasado con todo, así que la limpieza se hacía más fácil esta tarde. Eso sí, ella se había reservado un par de los bollos, dejándolos encima de una bolsa de papel a un lado… Nada extraño; era costumbre en aquella panadería hacerlo.
La ventana
Llovía. La muchacha estaba arropada en su manta, sentada de piernas cruzadas sobre su cama, con una taza caliente de café filtrado que se había preparado hacía unos minutos. Una libreta con cubierta de dibujos florales reposaba a su lado, cerrada, con un bolígrafo colocado encima. Abrazaba la taza entre sus dedos, pensativa, mirando hacia fuera de su ventana. Chorros de agua caían del cielo y se volvían lágrimas que lamían el vidrio que separaba el rostro de la muchacha del frío exterior, pero no de su gris espesor.
La flor que no estaba marchita
En el barrio histórico de aquella ciudad hacía un sol brillante que evaporaba lentamente los rastros de la lluvia que se habian quedado de la noche anterior entre las hendiduras de los antiguos adoquines. Con paso decidido sobre esas mismas piezas de piedra centenaria, la muchacha caminaba con paso ligero, canturreando. De su brazo colgaba una cesta de mimbre llena de flores de todas las formas y de todos los colores.
Una cafetería
Era un mediodía de invierno, con sol. La cafetería se había vaciado de improviso después de haber acogido a varios grupos en sus mesas. Solo quedaba la chica de la mesa del fondo, absorta en un libro. Era un poco regordeta, con pelo larguísimo, de color castaño, y lucía una vestimenta sobria: un jerséi carmín de escote en pico, un pantalón negro de pitillo y unas botas negras de tacón discreto.
Hogar
La niña entró corriendo a su nueva habitación. Se tiró encima de la cama, aun cuando solo tenía el colchón puesto, sin bajera, ni sábanas. ¡Ni la alhomada tenía funda! ¿Qué importaba? Era su nueva habitación, su nueva cama, en un pueblo nuevo a las afueras de la capital y era suya.
Se imaginó montando una mesa para que sus muñecas –que aún no tenía– tomaran el té. Se imaginó probándose los vestidos –que aún no tenía– ante el espejo de pie que había en la habitación. Dio un giro sobre su talones mientras se imaginaba como una princesa mágica de las películas. Se sentó en el suelo, de madera vieja, y le fascinó la luz que entraba por la ventana. Sí, esta era su habitación. Aquí viviría hasta estudiar o hacerse mayor… ¡o hasta casarse!