Cruzó las piernas por debajo de la mesa y miró a su alrededor. Se había sentado en una de las mesas de la terraza –recién estrenada– de una cafetería de renombre que a ella le gustaba mucho en pleno centro de la ciudad, en la mismísima Plaza Mayor. Ya calentaba el sol primaveral, después de tantos meses de frío oscuro, pero ella insistía también a estas alturas del año en su riguroso negro eterno e inconmensurable. Eso sí, como gesto hacia la nueva estación, Selena había decidido conceder al mundo tan solo sus hombros, brazos y clavículas desnudas; no, sin embargo, sus piernas, las cuales iban enfundadas entre las telas de aquella falda que parecía el manto de la noche sobre la ciudad a sus más altas horas.
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Gotas sobre la piel
A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente. Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:
Bolero
La sala de baile era luminosa. Sus paredes eran blancas, con grandes ventanales que daban a la oscuridad de una noche impenetrable a la vista desde dentro. El suelo, ajedrezado, daba cobijo a los pasos de baile de las parejas que compartían entre sí las notas de la pequeña banda que tocaba desde una de las esquinas de la sala, junto a la barra. Unas palmeras delimitaban un poco más el espacio. Me sentía inexplicablemente nerviosa.