<?xml version="1.0" encoding="utf-8" standalone="yes"?><rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"><channel><title>Las Diosas on Ariadna Vigo</title><link>https://ariadnavigo.com/tags/las-diosas/</link><description>Recent content in Las Diosas on Ariadna Vigo</description><generator>Hugo</generator><language>es</language><copyright>Copyright &amp;copy; Ariadna Vigo</copyright><lastBuildDate>Wed, 08 Apr 2026 13:55:27 +0200</lastBuildDate><atom:link href="https://ariadnavigo.com/tags/las-diosas/index.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><item><title>En la ciudad</title><link>https://ariadnavigo.com/posts/en-la-ciudad/</link><pubDate>Wed, 08 Apr 2026 13:55:27 +0200</pubDate><guid>https://ariadnavigo.com/posts/en-la-ciudad/</guid><description>&lt;p&gt;Cruzó las piernas por debajo de la mesa y miró a su alrededor. Se había sentado
en una de las mesas de la terraza &amp;ndash;recién estrenada&amp;ndash; de una cafetería de
renombre que a ella le gustaba mucho en pleno centro de la ciudad, en la
mismísima Plaza Mayor. Ya calentaba el sol primaveral, después de tantos meses
de frío oscuro, pero ella insistía también a estas alturas del año en su
riguroso negro eterno e inconmensurable. Eso sí, como gesto hacia la nueva
estación, Selena había decidido conceder al mundo tan solo sus hombros, brazos y
clavículas desnudas; no, sin embargo, sus piernas, las cuales iban enfundadas
entre las telas de aquella falda que parecía el manto de la noche sobre la
ciudad a sus más altas horas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sin embargo, no era de noche, aunque ella pareciese serlo desde su sitio en
aquella terraza. Era casi el mediodía y las gentes se movían acorde a la
naturaleza de aquellas horas. Selena observaba, con cautela, cómo paseaban los
grupos y almas solitarias por aquella imponente plaza, en cuyo centro reinaba un
humilde quiosco circular. La plaza en sí misma estaba flanqueada casi por
completo por edificios finiseculares de cuatro o cinco plantas, excepto por el
lado sur, desde el cual nacía una avenida comercial amplia muy concurrida por
los habitantes de aquella capital de provincias. Justamente era en el flanco
oriental donde se ubicaba la terraza de aquella cafetería, al costado del
nacimiento de una callejuela que se dirigía hacia el interior del casco
histórico. Una galería de soportales de piedra recorrían el largo de aquel lado
de plaza y era justo debajo de estos que se escondía la discreta entrada de
aquella cafetería: una puerta de vidrio que daba algo de visión a su interior.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La mano de Selena, desprovista de manicura, acariciaba las hojas de una libreta
que permanecía abierta sobre la mesa. La brisa no acababa de cerrar o pasar
ninguna de sus hojas, pero sí las movía suavemente. Un anillo grueso, de piedra
roja, lucía orgulloso ante el sol, reflejando sus rayos en un aura carmesí casi
indetectable si no se ponía atención. ¿Esperaba a alguien? ¿Esperaba que
sucediera algo? No lo sabía ni ella. Ella observaba. Observaba sin parecer que
observara: con la mirada un poco baja y actitud de desapego total del resto del
mundo. Pero sí, observaba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se fijó en la parejita joven, un padre y una madre, que empujaban un cochecito
de bebé de esos que cuestan lo mismo casi que un coche de adulto. Cogida de la
mano de ella, una niña rubia caminaba a trompicones al ritmo de sus padres, con
rostro cansado de que ya el paseo se le estaba haciendo demasiado pesado. Lanzó
un berrinche, pero recibió como respuesta un chantaje emocional basado en la
futura compra de un helado. El bebé estaba fuera del ángulo de visión de la
muchacha, pero lo imaginó durmiendo completamente ignorante del discurrir de
aquella pequeña escena; más importante era dormir para coger las fuerzas
necesarias para toda una vida que tenía en el horizonte. Cruzaron delante de
ella sin reparar en ella &amp;ndash;y ella sí en ellos&amp;ndash;. La madre estaba cansada y su
cabellera que acostumbraba a teñir de rubio oscuro delataba raíces castañas de
tantas semanas sin ir a la peluquería. El padre empujaba el cochecito con mirada
preocupada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A Selena le habría encantado indagar más, pero desaparecieron de su vista al
virar en aquella callejuela.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se fijó en la terraza del bar que tenía delante. Estaba llena, a diferencia de
la de la cafetería. Si en esta estaban solo ella y una pareja de jubilados que
tomaban café con un bollo, en aquella, en cambio, no había una sola mesa libre.
Cervezas, copas de &lt;em&gt;gin &amp;amp; tonic,&lt;/em&gt; vinos mayoritariamente blancos y rosados y
tapas tradicionales y experimentales eran el material transportado por camareros
sobrepasados que combinaban hospitalidad, logística y física aplicada en cada
carrera. Los clientes eran, en gran medida, gente ya no tan joven que aún creían
que sí, a mediados de los treinta y rozando los cuarenta, si no los superaba ya
alguno de ellos. Reían, se tocaban sutilmente, se acercaban para besarse, se
reclinaban peligrosamente en el taburete con una copa en la mano, despotricaban,
expresaban sus opiniones de toda clase y color, pero pocos mostraban una mirada
o actitud circunspectas&amp;hellip; Nuestra muchacha se aburrió enseguida de observar
aquel rincón del mundo; era como cualquier otra terraza de bar en cualquier otra
ciudad del país. ¿Qué iba a haber de diferente en ella?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hundió su mirada en el resto de su café con leche. Pensó en cómo, hacía un rato,
ese café había sido lienzo de un bellísimo cisne dibujado con la leche cremada.
Cuando se lo entregó la barista, ella no pudo evitar alabarle la pequeña obra de
arte. Ahora, lamentablemente, tal obra había desaparecido con cada sorbo y el
café era solo un líquido marrón claro en una taza blanca de cerámica. Estaba
rico; eso sí. Cerró los ojos y suspiró, manteniendo entre sus manos la taza ya
tibia como si fuese una taza de té caliente en una noche de gélida de invierno.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El sol le besaba los hombros desnudos, cayendo, por detrás, por su espalda y,
por delante, estancándose primero y luego desbordando sus clavículas hasta
precipitarse en los secretos de su escote. Era como una mano cálida que da una
caricia con suavidad. Tomó aire y sonrió. Soltó el aire lentamente. Su piel se
erizó. Imaginó unas rocas, en la costa, en la costa de un océano embravecido. Su
mente vagó rápidamente hacia unas catacumbas profundas, apenas iluminadas por
las dos antorchas de una figura encapuchada que la guiaba. Bajaron unas
escaleras. &lt;em&gt;Tac, tac&amp;hellip; tac, tac&amp;hellip; tac, tac&lt;/em&gt; repicaban sus tacones altos, de
aguja, en el suelo de cerámica. Ajedrezado. Roto. Columnas rotas abandonadas en
un sitio eriazo, como podadas por un rayo. Nubes negras. ¿Otra vez? La figura
era ahora una niña. Era ella, pero de niña&amp;hellip; y con los ojos inyectados de
rojo&amp;hellip; El sol le besaba el cuello, pero la noche se había posado en esa isla
flotante de su visión. Solo un árbol, sin hojas, junto a las columnas&amp;hellip; Al
final, una especie de altar o de trono de piedra que estaba deshecho. La niña
indicó a Selena que se sentara sobre este, mientras un cuervo sobrevolaba la
escena y gritaba:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¡No te olvides! ¡No te olvides! ¡No te olvides!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con lentitud, sin ningún miedo, la muchacha abrió sus ojos. Ahí seguía ella, en
la ciudad. Ahí seguían los del bar. Los jubilados, en cambio, se habían
levantado de la terraza de la cafetería y, ahora, una parejita joven se había
sentado en su lugar. El café seguía entre sus manos. La libreta seguía ahí,
abierta, mecida por la brisa. Bebió otro sorbo y, entonces, sintió cómo una
mano, como el sol de cálida, le acarició fugazmente la espalda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Gracias por esperarme &amp;ndash;dijo la voz de la dueña de aquella mano.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Babalón vestía una americana roja, bastante llamativa, sobre una blusa blanca
escotada en pico y una falda negra que llevaba ajustada por un cinturón dorado.
Le dio un beso cariñoso en los labios a Selena y se sentó a la mesa con ella, no
sin antes hacer un gesto sutil y efectivo para llamar la atención de la
camarera, que espiaba a sus dos clientas favoritas. La chica se acercó con su
paso saltarín que mecía su media melena, preguntó a Babalón qué quería, esta le
respondió que un café con leche, por favor, y, con el mismo paso saltarín, volvió
a la madriguera que era ese local ahí casi oculto para preparárselo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Te veía pensativa &amp;ndash;dijo Babalón, cogiendo la mano de Selena y mirándola
fijamente con sus ojos verdes&amp;ndash;. ¿En qué pensabas?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Selena contestó con un resumen de las imágenes que había visto unos instantes
atrás. Sus labios gruesos mostraron una sonrisa amable mientras la escuchaba.
Con el pulgar, acariciaba suavemente el dorso de la mano de Selena.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Una visión interesante &amp;ndash;contestó Babalón, al finalizar Selena su relato.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En eso la camarera había vuelto con el café con leche para Babalón. El dibujo en
este era un caballito de mar trazado con un detalle que sorprendió a ambas. Cada
día se supera más, ¿no?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Y cómo te fue esta mañana? &amp;ndash;preguntó Selena.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Ah, nada fuera de lo habitual.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Babalón comenzó a contarle a Selena lo que había sido su mañana. Selena la
miraba con el amor que le dirigía cada día cuando se despertaban en su cama y se
tomaban sus cafés despeinadas, ojerosas y enfundadas en sus pijamas. No podía
desviar su mirada del rostro de la Diosa Escarlata mientras esta explicaba lo
que había sido su mañana divina, de intervenciones, apariciones, sustos a
personajes siniestros y bendiciones a quienes las merecían&amp;hellip; y que había mirado
entradas para ver juntas una puesta en escena de &lt;em&gt;Amor es más laberinto&lt;/em&gt; de Sor
Juana Inés de la Cruz. Luego fue el turno de Selena. Su relato fue muchísimo más
mundano: que sí a ver la obra, que si el cliente aquel que le hacía la vida
imposible continuaba, efectivamente, haciéndosela imposible, que hechizó un
ordenador de Hacienda en la oficina para que no se colgara en medio del papeleo
y, luego, un pequeño conjuro de protección para la amable funcionaria que la
había ayudado en todo. A la vez que Selena le contaba todo esto, Babalón se
perdía en sus ojos castaños y sus cejas expresivas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando se habían puesto ya al día, Babalón echó un vistazo a la plaza, tomando
entre sus manos la taza del café del mismo modo que Selena había hecho un rato
antes. El sol pegaba más fuerte ya, pero a la población mortal y local de
aquella capital de provincias parecía no importarle en absoluto, quizás por
estar sedientos de sol después de un invierno que solo trajo nubes, lluvia, más
nubes y depresión. Las familias buscaban alegremente un bar donde comer. Jóvenes
buscaban dónde tomarse otra ronda aquel viernes medio extraño entre festivos.
Alguna parejita se tomaba de la mano y aquel beso entre aquellas chicas parecía
un primer beso tímido entre dos almas que estaban iniciando camino. Al verlo,
Selena se acercó para darle un besito en la mejilla a Babalón, que contestó con
otro en los labios finos pintados de carmín de Selena. Se rieron.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Es una buena ciudad &amp;ndash;dijo Babalón.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Lo es &amp;ndash;contestó Selena.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al cabo de una media hora, más o menos, se levantaron, pagaron los cafés
llevando los restos dentro &amp;ndash;a pesar de las quejas remolonas de la camarera y de
la dueña&amp;ndash;, felicitaron a la chica por su destreza con la leche cremada y, sin
decirle nada de nada, con un chasquido de los dedos de Babalón y un murmuro en
sumerio de Selena, cayó sobre ella una buena dosis de buena magia para su vida.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Así salieron las dos Diosas al calor de aquel mediodía, buscando ahora qué
hacer, porque, la verdad, no tenían ganas de volver a su casa.&lt;/p&gt;</description></item><item><title>Gotas sobre la piel</title><link>https://ariadnavigo.com/posts/gotas-sobre-la-piel/</link><pubDate>Sat, 14 Mar 2026 10:59:40 +0100</pubDate><guid>https://ariadnavigo.com/posts/gotas-sobre-la-piel/</guid><description>&lt;p&gt;A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las
que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio
esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido
hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un
momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente.
Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión
de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus
dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Una bañera me vendría bastante mejor. Sí, una bañera como las antiguas, y
llena de leche de burra tibia mientras me masajean el cabello&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La realidad, sin embargo, era esta ducha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Como tenía el pelo &amp;ndash;negrísimo&amp;ndash; sin mojar del todo, retrocedió un poco hasta
posicionar su cabeza debajo de la fuente de agua. Cerró sus ojos, mientras
dejaba su cabeza atrás, y, con sus uñas largas, se arañó suavemente la piel del
flanco, bajando hasta sus caderas. Se estremeció. Le gustaba esa sensación, la
de estremecerse. Era la chispa eléctrica que reclamaba con hambre vital su
cuerpo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ella entregaba al cosmos una presencia inevitable. Su cuerpo no era de los
actuales, sino más bien de aquellos que retrataban los antiguos maestros del
arte. Donde hoy quizás hay tensión, en sus carnes había libertad de movimiento
grácil, redonda, que tomaba espacio sin vergüenza ninguna y mostraba con orgullo
pliegues que decoraban barrocamente pero sin exceso su fisonomía. La piel
tostada era real, de sol absorbido y de sol irradiado a través de su sonrisa de
labios gruesos, el baile natural de sus pechos, vientre y caderas, y la alegre
vida de unos muslos que gritaban por correr, jugar y bailar en las montañas, las
llanuras y los mares del mundo. Y bañado por esa cascada vivía su monte, el suyo
íntimo, que tantos otros había besado en sus bocas ocultas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Atajó el pelo entre sus manos, escurriéndolo. Pensó en que era ya el momento de
aplicar el champú sobre su cabello, pero decidió que esperaría un poco más. Al
fin y al cabo, ¿por qué no alargar un poco una ducha de mediodía? A través
de la ventana del baño se colaba la luz del sol de aquel fin de invierno, que se
colaba por una segunda vez por el vidrio semiopaco de la mampara de la ducha.
Como los azulejos del baño eran de un marrón claro &amp;ndash;o crema oscuro&amp;ndash; toda la
luz que venía del exterior se teñía de un calmo tono cálido, casi de ensueño,
que envolvía en silencio el acto de tomar una ducha o de mirarse en el espejo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se sentó sobre el plato de ducha &amp;ndash;de cerámica blanca&amp;ndash; de manera que el agua le
cayera sobre los muslos. Cerró los ojos y en su alma vio los edificios de una
patria antigua. Se acarició jugueteando con las punta de sus uñas y dibujando
formas con las gotas que se quedaban suspendidas sobre su piel de seda&amp;hellip; ¿No se
parecía a una constelación? Siete gotas, siete estrellas, que unidas formaban
una más grande de siete puntas. Y fue entonces cuando escuchó que alguien tocaba
a la puerta del baño y, apoyando su cabeza mojada sobre los azulejos tibios,
dijo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¡Entra, entra, sí!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La puerta del baño se abrió y la mujer vio una silueta de otra mujer pasearse
por delante de la mampara de transparencia imperfecta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Cómo estás? &amp;ndash;dijo la voz de la otra&amp;ndash;. ¿Quieres que me una?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Ay, por favor, sí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Vio cómo el fantasma opacado hacía una maniobra, algo dijo de quitarse el
maquillaje primero y, después de unos minutos y de un momento en el que cayó
agua del fregadero, escuchó la ropa de ella caer al suelo. La mampara se abrió y
con un ligero titubeo entró una muchacha de piel más blanquecino, pelo oscuro no
tan ondulado y ojos almendrados de color castaño. Restos de máscara poblaban un
poco sus párpados. Sus pechos eran pequeños y su cadera no gran cosa tampoco. Lo
que era hermoso en ella eran su clávicula tan aristocrática &amp;ndash;adornada por un
collar plateado con forma de luna menguante&amp;ndash; y esa bella broma de la naturaleza
que llevaba entre las piernas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Pero qué haces ahí sentada? ¡Esto no es una bañera! ¿Cómo voy a caber yo
ahora aquí?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Te puedes sentar entre las mías; creo que cabemos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Maniobraron riéndose y sí, cabían. La recién llegada era más pequeña y se
acomodó entre los muslos fuertes de la otra, que la abrazó, mientras le besaba
en el cuello. Selena decidió dejarse hacer porque ¿cómo negarte a unos mimos
así? ¡Sería imperdonable! Le encantaba la sensación que le dejaban esos labios
gruesos en su piel, siempre como más cálidos, juguetones y ligeros&amp;hellip; Había sido
un día largo y comenzó a explicarlo&amp;hellip; pero&amp;hellip; Selena se fue callando
progresivamente a medida que recibía ahora un paseo juguetón de las uñas largas
y penetrantes de su amada por su espalda. Y así el relato del día se fue
deshaciendo hasta una simple sucesión de ronroneos&amp;hellip; Completamente rendida,
Selena se recostó aún más, mirando a sus benefactora y refugio con sus ojos
abiertos desde abajo&amp;hellip; Con mimo y esa mirada de seda que solo puede existir en
una enamorada, llevó el dorso de su mano larga y estrecha a la barbilla redonda
de su amada, Babalón.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La antigua Diosa Escarlata comenzó a acariciarle a Selena con las yemas de los
dedos los hombros desnudos. Y, mientras recorría la piel de ella, Babalón
recordó aquella noche hace años en la que conoció a la mujer que tenía entre sus
piernas. Si es que eres divina, con un fuego inmortal que, en vez de incendiar,
llena de luz un altar hermoso encarnado en ese cuerpo de leyenda&amp;hellip; Entonces,
Babalón asomó un poco la cabeza para poder mirar, un poco mejor desde su
posición, ese cuerpo esotérico de la Diosa Nueva, que unía lo separado en uno
solo, hermafroditamente, recuerdo de un eón ya pasado, de cuando héroes y
heroínas y Diosas y Dioses pisaban los caminos de esta tierra llenándola de
belleza imperecedera con sus gestas y sus presencias inmortales&amp;hellip; Ay, qué
tiempos estériles estos del hombre moderno&amp;hellip; Pensó en cómo Selena habría sido
adorada en los tiempos antiguos, como la adoraron a ella misma&amp;hellip; Tomó un
segundo entre sus dedos el colgante de luna de Selena, solo un segundo; Selena
se dio cuenta pero hizo como que no. Una lágrima se camufló entre las gotas de
la ducha y Babalón, con el corazón calmadamente encendido, achuchó a Selena
fuerte, que se rió casi como una niña.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Mi adorada Diosa pequeña &amp;ndash;le dijo, al oído&amp;ndash;. Nunca olvides quién eres.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Por qué tanto amor hoy, Babi? &amp;ndash;preguntó Selena, dándole un mordisquito en la
mandíbula a su amada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En vez de contestar &amp;ndash;¿para qué?&amp;ndash;, Babalón dijo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Sele, te voy a lavar el pelo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con sus dedos largos, Babalón intentó alcanzar el bote de champú, que había sido
testigo de la escena desde una esquina de la ducha, pero no era capaz. Con una
sonrisa, Selena se lo acercó, que estaba más cerca. Esta se acomodó,
recostándose sobre el pecho de Babalón, y cerró los ojos en cuanto sintió los
dedos de su amada masajearle la cabeza haciendo brotar espuma blanca&amp;hellip; Pensó en
su madre. ¿Era extraño eso? No, no es extraño, querida. Con mano confusa, entre
firme y dubitativa, Selena le comenzó a acariciar la pantorrilla &amp;ndash;un poco a
ciegas por la espuma&amp;ndash; a Babalón. Todo se sentía bien. Había sido un día confuso
y este lavado de cabeza enebrado por los dedos siempre tan hábiles de Babalón la
llevaban suavemente, en una nube de jabón, a un sueño lúcido en el que le
pareció ver como una ciudad muy antigua, en terreno arenoso pero fértil, con
palmeras, y un templo antiquísimo. Mientras tanto, la otra Diosa se sonreía y,
lavándole el pelo con esmero, aprovechaba de vez en cuando para besarle la
espalda a Selena o los hombros o jugar traviesamente con sus pechos cogiéndolos
en sus manos enjabonadas desde atrás&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Te quiero.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Y yo a ti.&lt;/p&gt;
&lt;hr&gt;
&lt;p&gt;Tumbadas con toallas enroscadas a modo de turbantes para secar sus respectivas
cabelleras y enfundadas en sus batas &amp;ndash;Babalón una roja y Selena una azul
oscuro&amp;ndash;, se quedaron toda la tarde en el sofá dormitando. Como si se tratara de
un vapor misterioso, los aromas de los perfumes y lociones que se ofrecieron la
una a la otra al acabar la ducha llenaban el salón. Era una tarde de viernes en
la que la ciudad ya moría sacrificándose ante el fin de semana y la paz entraba
como un velo suave por la persiana bajada ante la ventana&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Durmieron la siesta juntas y ahora era Babalón la que se recostaba sobre Selena,
sobre su vientre. Eran días de amor.&lt;/p&gt;</description></item><item><title>Bolero</title><link>https://ariadnavigo.com/posts/bolero/</link><pubDate>Fri, 13 Feb 2026 12:30:06 +0100</pubDate><guid>https://ariadnavigo.com/posts/bolero/</guid><description>&lt;p&gt;La sala de baile era luminosa. Sus paredes eran blancas, con grandes ventanales
que daban a la oscuridad de una noche impenetrable a la vista desde dentro. El
suelo, ajedrezado, daba cobijo a los pasos de baile de las parejas que
compartían entre sí las notas de la pequeña banda que tocaba desde una de las
esquinas de la sala, junto a la barra. Unas palmeras delimitaban un poco más el
espacio. Me sentía inexplicablemente nerviosa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En la barra trabajaban un señor mayor, calvo, de bigote tupido y mucha agilidad
en el servicio. Mezclaba sin artilugios, creaba cócteles sin darles nombre y
siempre parecía atento a la clientela, fijando con ávido interés sus ojos
celestes enormes. Asentía. Trabajaba. Servía. Pocas palabras, pero efectivo.
Sonreía, pero con cordialidad profesional. A su lado, un chico alto, joven,
de pelo negro engominado, parecía ser más dicharachero con los clientes y se
movía con más espectáculo: los brebajes salían de la coctelera desde posiciones
más altas, creando arcos de líquido en el aire bajo el control de su mano y
voluntad, y entregaba el cóctel con gesto de explicar algo. Al final de aquella
barra de color blanco con acentos dorados, una chica de pelo castaño, con gafas,
se movía más suavemente. Ella era como una hormiguita que trabajaba cada bebida
con mimo, pero sin la efectividad casi agresiva del &lt;em&gt;bartender&lt;/em&gt; mayor ni el
espectáculo pirotécnico de su otro compañero. Fue a ella a la que le pedí mi
&lt;em&gt;Dry Martini.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y después de pedírselo, recogerlo de sus dedos y pagarle, todo en una
interacción amable y corta, me refugié en uno de los laterales de la sala a
observar las parejas que bailaban. Veía a algunas parejas que bailaban dejándose
espacio, otras que lo hacían pegándose hasta que sus cuerpos parecían
confundirse en uno solo, otras que intentaban practicar aquello que alguien
quizás les había enseñado en alguna clase y otras en las que buscaban celebrar
los muchos años pasados en compañía. Sonaban &lt;em&gt;standards&lt;/em&gt; de jazz en versión
instrumental, algún vals, algun son cubano lentito o tango y, en general, temas
que se prestaban a un baile de salón como el de aquella noche. Ellos vestían,
mayormente, ternos y nosotras, vestidos. Como siempre, nosotras dábamos la nota
de variedad en colores y formas, mientras que ellos encarnaban una sobriedad
encasillada. Supongo que son las normas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo, en cambio, me sentía sobria como ellos y, a la vez, incómodamente llamativa
en mi vestido como todas las demás. Mi vestido era negro. Se ceñía a mi figura
sujeto por un cinturón muy discreto en mis caderas y caía en una falda cruzada
que mostraba al mundo una de mis piernas a la vez, nunca ambas. El escote
llegaba hasta el comienzo de mis pechos, que se acurrucaban en libertad dentro
de los triángulos que evolucionaban, creciendo hacia mi espalda, en unos
tirantes para que esta se luciera tanto como mi cabellera lo permitiera. Mis
brazos iban desnudos, pero los tapaba con un fular de azul oscuro y bordes
plateados. No me gustaba sentirme tan desprotegida, pero, a la vez, mi cuerpo
parecía regocijarse en mi vergüenza. Hubiera preferido vestir una americana,
sinceramente, pero este era el plan y este era mi destino. Bebí otro sorbo.
Ojalá poder emborracharme y hacer el ridículo, pero no, lamentablemente, tampoco
era ese el plan ni el destino.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Jugueteé unos segundos con mi collar, con forma de luna, plateado también.
Palpaba a mi paso mis clavículas, como quien pasa el dedo para comprobar si hay
polvo sobre un mueble. Seguí mirando hacia la pista y vi la gente bailar.
Afortunadamente, nadie había intentado pedirme uno ni nadie me había dirigido la
palabra.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nadie hasta que escuché la voz de una mujer a mi izquierda, que me dijo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Aquí estás.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sentí una mano cogerme del brazo. Era una mano cálida, con tono firme. Con un
gesto hábil, atrapó mi codo dentro del suyo y me guió suavemente hacia el
ventanal, sin decir nada, pero sí dejando mi copa en una de las mesas. En
cuestión de segundos, casi al compás de aquel chachachá fluido que sonaba, me
encontraba enganchada a ella, vestida con su increíble vestido escarlata. Me
perdí en el verde grisáceo tan de tierra de sus ojos y en los labios carnosos,
encendidos, que habitaban en su rostro de piel tostada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Al fin te encontré &amp;ndash;repitió.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo no sabía quién era. Tampoco supe por qué me quitó la copa. Solo sé que sentí
un temblor subir por mis pantorrillas, como una serpiente que buscaba enredarse
entre mis faldas. Me fijé en la pulsera que llevaba en su mano izquierda:
justamente, una serpiente de bronce que se enroscaba un par de veces. Mis ojos
siguieron el camino por esos brazos desnudos hasta subir a sus hombros&amp;hellip; Sus
ondas rizadas, negras, acompañaban unas cejas definidas y gruesas que parecían
estar vivas. Su vestido, como he dicho ya, era escarlata, reveladorísimo,
especiamente porque ella tenía las curvas que yo jamás había tenido. Su cuerpo
era una armonía de formas que buscaban traviesamente desbordar el vestido. La
envidié. La envidié mucho. Casi la odié, pero es difícil odiar a una completa
desconocida que la arrastra a una fuera del borde de la pista de baile con
tamaña maestría.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos pusimos frente al cristal del ventanal. Le pregunté, tímidamente, si quería
que saliéramos a la terraza, pero rápidamente pensé que no tenía ni idea de por
dónde se salía fuera. Ella me acercó más a su cuerpo y me arregló un mechón de
mi pelo castaño oscuro, cobrizo. Me miró dentro de mis ojos, también castaños.
Se deslizó con esa mirada por el tobogán que nace de mi barbilla, por el cuello,
hasta dentro del pico del escote, sin disimulo ninguno. Me arregló también la
posición del collar, para centrarlo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Eres guapa, la verdad&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Quién eres? &amp;ndash;pregunté.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ella me atrapó pasando el brazo por las lumbares. Mi cadera derecha tocaba la
suya. Me sentí&amp;hellip; ¿arropada? Toda ella era cálida. Su tono de piel, sus ojos, su
voz y hasta irradiaba un calor extraño, como de arena a mediodía.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me dijo su nombre. Inmediatamente sentí miedo. De hecho, aunque estos hechos
hayan pasado hace ya tiempo, prefiero no revelar quién era ella, no sea cosa que
esta historia sea mal interpretada. Con miedo, intenté quitar con mi mano
derecha su mano izquierda, que se acercaba peligrosamente, sin tocarlo, a mi
trasero. No pude. No era fuerza física la que me detenía, así que dije unas
palabras antiguas que yo conocía, pero ella evitó el conjuro cogiendo mi mano
derecha en su muñeca.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Besó el interior de mi muñeca, posando primero y luego transfiriendo sutilmente
la humedad de sus labios a mi piel. Me espanté, pero estaba atrapada. Vi cómo
cerraba los ojos con una devoción que pensé impropia. Ella&amp;hellip; ella era más
importante que yo. Si alguien debía mostrar devoción era yo a ella. Cuando acabó
de disfrutar mi muñeca, jugueteó un instante con mis dedos antes de
entrelazarlos con los suyos y dejar caer ambas manos, así unidas, a la altura de
nuestras cinturas, relajadas. Pude sentir el calor del bronce de su pulsera de
serpiente lamerme la piel al caer hasta su mano por la gravedad.
Instintivamente, me acerqué un paso y le cogí la otra mano y ella la llevó,
junto con la mía, a mi pecho.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Deja de sentirte tan pequeña, Selena. Antes no eras así. ¿Qué te pasó?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Antes.&lt;/em&gt; ¿Nos conocíamos? &lt;em&gt;Antes.&lt;/em&gt; Sí, &lt;em&gt;antes&lt;/em&gt; yo me parecía más a ella. Hubo
una época en la que yo podría haber hecho lo que ella conmigo. De hecho recordé
fugazmente una aventura inocente años atrás en la que robé un beso a una
princesa de una nación lejana que se había escapado de la prisión que era la
visita de Estado en la que participaban sus padres &amp;ndash;los reyes&amp;ndash;. La había
llevado al puerto de la ciudad y, sentadas en el borde, con nuestras piernas
suspendidas sobre el agua, miramos el amanecer entre el suave sonido de los
mástiles de las lanchas y barquetas al mecerse con el viento. Sin cobardía, con
toda la habilidad y elegancia, la besé y nos besamos y fue una de esas noches
sencillas en las que la magia era real.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Pasaron ciertas cosas y creo que las sabes &amp;ndash;dije&amp;ndash;. Si no, no estarías aquí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me levantó un poco la barbilla. Me sentía un poco acalorada. &amp;ldquo;Al menos no has
bebido tanto&amp;rdquo;, murmuró ella para sus adentros, aunque yo la oyera. Con gesto muy
maternal, demasiado maternal para una infame seductora como ella, dijo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;La magia sigue en ti, amor&amp;hellip; Solo hay que volver a encenderla.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Deduje que por eso no pude apartar antes su mano. Mis conjuros se habían
debilitado en el último tiempo. Por otro lado, ¿&lt;em&gt;amor&lt;/em&gt;? ¿Por qué me llamaba así?
¿Por qué me dejaba llamar así yo, además? En esos pensamientos me adentraba
cuando sentí la punta de sus uñas arañarme suavemente en mi espalda, arriba y
abajo por el camino de mi columna. No sentí ni escalofríos ni cosquillas. Sentí,
más bien, más calor y me avergoncé. La miré con gesto de que dejara de
torturarme, pero en vez de eso, subió hasta mi nuca. No pude controlarlo: bajé
la cabeza. Ahora quería gritarle que no parara, pero ¿en un lugar público?
Escuché el ruido de las copas que servían en la barra. Escuché risas y miradas
ajenas. No, no, por favor, no pares pero no &lt;em&gt;aquí&amp;hellip;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se detuvo. Su mano atrapó mi nuca y acercó su rostro al mío, pero no
completamente. Imaginé por un instante que ella me besaría, pero no lo hizo. No.
Me soltó suavemente. A medida que me soltaba, sentí que me hundía, que me
hundía, que me alejaba de una fuente de calor que me estaba dando vida, que me
hundía en un pozo negro, lentamente, en el que solo podía ver la luz que entraba
por la claraboya por la que yo había caído&amp;hellip; Grité&amp;hellip; Mi grito fue ahogado
dentro de la bóveda&amp;hellip; Debajo olía a brea&amp;hellip; Si caía ahí, me ahogaría, me
ahogaría&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Vuelve, Selena. Vuelve.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Volví.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Estaba en el salón de baile. Me tenía entre sus brazos la mujer del vestido
escarlata. Vi que un hombre nos miró de reojo con cierta cara de asco. ¿Qué le
molesta, señor? ¿Eh? Ella, en cuanto pensé eso, me acarició la cabeza. Mi mirada
se distrajo hacia la barra. No, no pienses en otra copa. La habilidad del
&lt;em&gt;bartender&lt;/em&gt; joven me atrajo, pero no era en él que me fijaba, sino en el
fulgurante destello del veneno que estaba preparando. Noté la mano de ella en mi
mejilla y cómo me apartó el rostro para que la mirara a sus ojos de ese verde
esmeralda que era opuesto y complementario a su vestido escarlata. Bajé la
mirada, avergonzada. ¿Qué me había pasado estos años? Fue entonces cuando
comenzaron a sonar las notas de uno de mis boleros favoritos, si no el bolero
por excelencia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Clavé mis ojos en los de ella. Recordé en mis venas un impulso antiguo. Le pedí
bailar. Hace mucho existió un pasado en el que pedirle un baile a una mujer era
mi pan de cada día. No me importaba el escándalo. No me importaban las miradas.
Me importaba crear con mis parejas de baile un momento junto con la canción. Le
extendí la mano y dije unas palabras que parecían miel correr desde la fuente
misma de mi corazón:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;¿Bailamos?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Por supuesto, pero no guiarás.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ese no era mi plan. Yo siempre guío. Mi estómago se revolvió. Mi cabeza me hizo
verme atrapada entre una serpiente de color de fuego que nacía de las fuentes
íntimas de ella, reptando por debajo de la falda y atrapándome contra su
voluntad para morderme, destruirme&amp;hellip; Mi corazón se aceleró. Tuve miedo. Sin
embargo, antes de que pudiera decir nada en respuesta, su mano me llevaba al
centro de la pista. No me apretaba, pero sus dedos me pedían que me calmara.
Antes de que mi boca pudiera procesar cómo expresar palabras que evitaran el
peligro absoluto de entregar mi cuerpo a&amp;hellip; &lt;em&gt;a ella&amp;hellip;&lt;/em&gt; su brazo derecho ya
tomaba posesión de mi escápula desnuda y su mano izquierda llevaba la mía
derecha a su pecho.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Dos gardenias para ti&amp;hellip; / Con ellas quiero decir: / Te quiero, te adoro, mi
vida&amp;hellip; / Ponles toda tu atención / Porque son tu corazón y el mío&amp;hellip;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Enseguida nuestros cuerpos se sincronizaron&amp;hellip; Corto, corto, largo&amp;hellip; corto,
corto, largo&amp;hellip; Me aferraba a ella como una niña que se aferra a las cadenas de
un columpio cuando su padre le ha dado el primer impulso y ya la ha soltado: con
miedo o casi pánico, pero aceptando que quizás no había tanto peligro. Mis
ansias de querer tomar el poder me nublaron el goce del bolero por un instante.
Sin embargo, ella comenzó a susurrarme al oído. Comenzó a decirme que lo
importante no era mantener el paso, sino que sintiera mi piel con la suya. Que
esto no era una competición de baile, ni una clase donde se sacara una nota y
que qué importaba lo que pensasen &amp;ldquo;los que creen que saben&amp;rdquo;. Baila, Selena,
simplemente&amp;hellip; baila&amp;hellip; Corto, corto, largo&amp;hellip;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Descansé mi codo en su brazo y descansé mi espalda en la mano con la que me
conducía. Me sobrevino una rendición que no lo era&amp;hellip; Habían sido demasiados
años&amp;hellip; Yo&amp;hellip; Yo había soñado con esto, ¿no? O sea, tanto tiempo como
peleando&amp;hellip; como teniendo que demostrar ser fuerte&amp;hellip; y&amp;hellip; luego&amp;hellip;
defenderme&amp;hellip; Ella me escuchaba atentamente&amp;hellip; Estaba cansada. Descansa,
entonces. Descansa en mí, Selena. Mi voluntad se fue fundiendo y me abrí a las
preguntas que ella le hacía a mi cuerpo en cada compás. Me entregué. No hubo
caída. No hubo trampa. No me hizo caer del columpio ni se rió de mí. No me hizo
el amor para burlarse de mis dolores. ¿Esto es entregarse &lt;em&gt;bien&lt;/em&gt;? ¿Esto? Noté la
mano de ella acariciándome la nuca otra vez y un ligero mordisco tierno en mi
oreja&amp;hellip; Le fui respondiendo. Corto, corto, largo&amp;hellip; Ya iba sola. No pensaba.
Solo quería piel. Más piel. Más aliento suyo en mi cuento. Abrazadas cada vez
más cerca, mi cabeza buscó hueco debajo su barbilla y el nacimiento de su hombro
derecho &amp;ndash;ella era más alta&amp;ndash;. Pude oler la fragancia de sus pechos, ligeramente
láctea y de sudor alcalino que brillaba un poquito en su piel de sol. Hueles
bien. Tú también. Su piel acariciaba la mía donde nuestros vestidos lo
permitían. Me gustas. Corto, corto, largo. La miré, la miré con amor, la miré
con ganas de que no se acabara nunca la canción.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Dos gardenias para ti&amp;hellip; / Que tendrán todo el calor de un beso / De esos besos
que te di / Y que jamás encontrarás / En el calor de otro querer&amp;hellip;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sentí sus pechos besarse con los míos. Sentí su respiración volverse la mía y la
mía, la suya. No había ya dos alientos, no. Nuestras cabelleras parecían bailar
entre sí también. Una de mis manos recorrió su brazo con la punta de mis uñas.
Su piel se erizó. Un hambre rabiosa me apoderó de devorar esos labios suyos que
estaban a un suspiro de los míos. Quise saborear esa película de humedad que los
lubricaba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Necesito besarte &amp;ndash;le susurré al oído, conquistando ahora yo de forma furtiva
su nuca.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La besé, jugueteando con los pelos nacientes de esa nuca suave. La besé como
quien come una pera jugosa. Ella devolvió el gesto como quien muerde una manzana
dura. Mi corazón fue atravesado por una punzada de júbilo. Nos sentimos fuego y
sí, creo que nos pusimos a sudar. ¿Hubo cuchicheos? No lo supe en ese momento,
ni lo sé ahora, ni me importó entonces ni ahora. Solo me importaban esos
pómulos, esas rodillas, esa mano que me sostenía, esa sensación de libertad que
me daba, por primera vez, ser compás vivo para la interpretación que me
proponía. Le aparté un mechón. Ella no dejaba de acariciarme el cuello.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Pero si un atardecer / Las gardenias de mi amor se mueren / Es porque han
adivinado / Que tu amor me ha traicionado / ¡Porque existe otro querer!&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El bolero había acabado. Aún abrazadas, podía sentir vagamente cómo el resto de
parejas salían de la pista mientras nosotras nos quedábamos rezagadas, ahí, a la
vista de todos. Qué importaba. El mundo era nuestro porque éramos mundo la una
para la otra. Poco a poco me sobrevino la posibilidad de que este sueño se
acabara aquí, que nuestros cuerpos volverían a separarse y que nunca más podría
sentir nada igual. Poco a poco, con gentileza, me separó, mirándome feliz. Yo,
en cambio, sentí miedo de caer a la derrota eterna que me perseguía desde hace
tiempo. No, no quería que esto acabara. &lt;em&gt;Quería&lt;/em&gt; seguir. &lt;em&gt;Yo quería seguir.&lt;/em&gt;
Sentí deseo. Mi alma estalló en palabras que jamás habría predicho al entrar
sola y apesadumbrada a aquella fiesta al inicio de la noche.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Me gustaría que esta noche no fuera de un solo bolero &amp;ndash;le dije.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me besó en el cuello, mientras llevaba su mano a mis caderas. Le acaricié
discretamente, con el dorso de mano, el nacimiento de su escote, recorriendo
juguetonamente durante un instante con la amenaza de llevar mi movimiento a un
lugar escandalosamente prohibido dentro de su vestido. En vez de eso, le arreglé
el tirante. Ella cogió mi collar entre sus dedos por un momento y murmuró:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&amp;ndash;Ya no eres luna menguante, sino creciente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Salimos de la pista, codo con codo. Reposé mi cabeza un instante sobre su
hombro. Ella aprovechó para acariciarme el interior del brazo. Dirigimos
nuestros pasos hacia la guardarropía, cogimos nuestras cosas, nos despedimos del
personal que trabajaba allí y salimos fuera, a la tibia noche de aquella capital
mediterránea. Esperamos un taxi que nos llevó a mi casa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Efectivamente, aquel no fue el único bolero que bailamos aquella noche.&lt;/p&gt;</description></item></channel></rss>